





Y pensar que hoy caminé hacia la parada, y antes de cruzar Cabildo para tomarme el 44 en la mano de enfrente, miro como me saluda uno de los móviles mientras está doblando, lo que me pronostica una presumible larga espera. Llegue a la parada propiamente dicha, que dice “línea 44” con un sticker verde hermoso.
Como era predecible, estaba primero en la fila (fila que no había cuando llegué), y en pocos minutos tenía a mis espaldas un largo numero de aspirantes a pasajeros del 44 (lindo colectivo, lindo colectivo), sonaba cerca de mi oído medio, un disco de Fito… a dos personas de mi, ella parada con su pelo cortito, medio rubio, su bufanda y su bolsito, tan hermosa (“uno nunca sabe, uno buscará, lleno de esperanzas los caminos del azar”).
Ahí está, ahí llegó… a punto de subirme al colectivo, hice una señal con mi mano derecha tomando el cañito de la puerta con la izquierda, para dejar que la señora que estaba inmediatamente atrás mío suba primero. Subió primero la señora (-“gracias” –“no, por nada”) y la miré a ella, que seguía inmóvil en el poste, esperando al 168, que también para ahí. (“cuando vos cruzabas esas piernas para mi...cuando simplemente me mojaba...”), entonces me mira un ratito (tan hermosa) y pone su mejor cara de ternura, mordiéndose el labio inferior, (“mientras todo esto se esfumaba…”) y yo me subo al colectivo… listo para afrontar un día que acababa de alegrárseme…. y pensar que si salía un minuto antes, me tomaba otro 44, dejaba pasar a otra señora... y quizas no me miraba nadie.
No puedo creer que aquella señora revise una y otra vez esas hojas llenas de números, como si fuera un colectivo-oficina, como esos que me imagino que debe haber en esos países que… bueno, ustedes saben. Además ese niño que está en el otro asiento, tiene un globo, y es un niño ¿Quién ha visto que hagan cuentas de Dios sabe que cosas, al lado de un niño que tiene un globo? (un globo blanco, ¿ a quién se le ocurre hacer que un globo sea blanco? Los globos son de colores, aquí y en China).
A decir verdad, el conductor es un señor amable, recién se subió un policía, y lo dejó pasar gratis… aunque quizás si se suba un ladrón le cobre dos veces el pasaje. Lo único que faltaba, el policía se sentó al lado mío, no tiene gorra, ¡pero que tipo pesado!, hundió todo el asiento. Por suerte se levantó enseguida porque se vieron al fondo del pasillo del colectivo, dos nenas con delantales muy blancos (no me gusta el blanco), venían saltimbanqueando y sin saberlo en cada salto reclamaban el asiento del policía. Que si no fuera porque lleva un arma en la cintura, hubiera dicho sin reparos, que es una persona muy amable… con muchos modales.
Devuelta la señora de los papeles, el flish flish flish sistemático del pasar de las hojas, el nene sigue mirando como el globo va y viene (el globo blanco, ¡blanco! Por el amor de Dios). Ahí se sube un señor mayor, un paso, otro paso y bastón, es cuestión de tiempo, y si, el nene se levanta del asiento tironeado por la madre, y el globo se mueve frenéticamente, y devuelta el vaivén, ¡que madre maleducada! (y maleducante, también).
“Late, nola, late, nola”, las nenas (que ahora estaban al lado mío) no ahorraban volumen a la hora de clasificar su pilón de figuritas con ese odioso sistema binario. Y un hombre canoso tropezó con el escalón, justo cuando una señora morocha se iba a hacer a un lado para que el hombre canoso se sentara del lado de la ventanilla… y que si, que no, que si, que yo me bajo acá, mucha vuelta y caras de vergüenza para que al final el tipo se sentara en el lado de la ventanilla nomas… y lo que es peor, a las pocas cuadras, el hombre canoso tiene que pedirle a la mujer que se mueva para poder salir, la mujer se mueve, y créanlo o no… se terminan bajando en la misma parada que el tipo. Que indignante, deberían irse juntos a tomar el té y seguir ocupando el tiempo en formalidades absurdas y planeando como indignar a la gente buena que viaja en los colectivos.
No puedo creer que está doblando acá este mugroso colectivo, si dobla acá me bajo…
Él guardaba los recuerdos que más quería en un arcón, esos recuerdos que deseaba que no fueran olvidados. Todas las mañanas decoraba el arcón, dibujaba lirios, amapolas y jazmines; pintaba un día el frente de rojo, la tapa de amarillo, y abajo no lo pintaba porque no se veía; otro día lo pintaba todo de violeta (abajo no), y otra vez lirios, amapolas y jazmines.
Imaginaba que cuando el arcón estaba cerrado, los recuerdos interactuaban, jugaban y se divertían, pero él no sabía que a los recuerdos les gusta dormir. Lamentaba a veces, que los olores y las fragancias fueran tan difíciles de guardar, y se escurrieran de las manos antes de entrar al arcón. Sin embargo él tampoco sabía que estos olores eran los que mejor se guardaban, y se cuidaban por si solos. Había muchas cosas que él no sabía…
Pero un buen día se dio cuenta. Estaba dispuesto a pintar al arcón, todo de un verde brillante, y olvidó en ese momento, si alguna vez lo había abierto para revisar los recuerdos, para tocar y sentir todo eso que había estado guardando celosamente. Desesperadamente lo abrió y agarró un puñado para sostenerlo en la mano, a la altura de los hombros. Pudo ver claramente, como esos recuerdos daban pena, pálidos, insustanciales se iban desvaneciendo para caer con otra forma dentro del arcón, y quedarse inmóviles y descoloridos.
Fue ese el momento en el que descubrió que un sentimiento, estaría ahora como un recuerdo y lo acompañaría , estaría fuera del arcón, caminando al lado suyo, y caminaría al rededor suyo cuando él se quedara quieto... Porque a la nostalgia le gusta caminar.
